En mi columna pasada, hablaba sin ninguna conmiseración sobre un gran defecto que padecemos los colombianos: nuestra incapacidad de prestar un buen servicio, cada vez que lo requieran nuestros ciudadanos. Pero hoy quiero referirme a esa maravillosa capacidad que tenemos los latinoamericanos de construir lazos indisolubles entre los miembros de nuestra familia extensa.