Una publicidad se reía del tema en los ’90. “Jaime, el niño tiene sed y no hay naranjas”, le decía una madre a su mayordomo mientras la cámara enfocaba a su hijo con cara de insatisfacción. Partiendo desde un chiste, se ponía sobre la mesa el tema del hijo único como un pequeño déspota alrededor del cual todos debían bailar.
Hasta hace 10 o 20 años nada más, a cualquiera le llamaba la atención tener un compañerito de colegio que no tuviera hermanos o hermanas. Pero en la última década, en la Argentina, ambas percepciones fueron cambiando y el motivo es muy simple: cada vez son más las familias que eligen tener un solo hijo.